Cuando los más apocalípticos sentencian que al rock ya nada le queda por decir y que, como le ocurrió el jazz, terminará siendo una pieza de museo carente de su espíritu original, resulta que uno de los más impactantes fenómenos (y objetivamente novedosos), llega de mano de los dinosaurios del género. Sí, solo hace falta echar un vistazo a las listas de las revistas fiables, para darse cuenta de que algunas de las obras más memorables del último lustro las han firmado autores como Johnny Cash, Emmylou Harris, Marianne Faithfull, Robert Wyatt, Neil Young o Tom Waits quienes, lejos de haber secado su talento, semejan haberlo reverdecido con la experiencia.
2006, una vez más, ha sido un campo perfecto para esa "tercera edad del rock". Y es que, dejando al margen las decepcionantes entregas de estandartes como The Strokes o Primal Scream , podemos hacer un clarificador juego: pongamos los debuts de los británicos The Long Blondes, The Arctic Monkeys o los yankis Clap Your Hands And Say Yeah! (tres de los más celebrados por la prensa especializada) a un lado y, al otro, los trabajos editados este año por Bob Dylan, Scott Walker y Tom Waits. Por mucho empuje que estos jovenzuelos tengan, la pregunta deviene obligatoria:¿están a este nivel? Pues, sin desmerecer tres discos tan estupendos como los mencionados, mucho nos tememos que no, que frente a obras maestras como las entregadas por los abuelos del rock poco o nada tienen que hacer. Un mensaje contracorriente en estos tiempos de sacralización juvenil, pero poderosamente sólido nada más empezar a rodar.
Dylan confirmó que le queda cuerda para rato con un soberbio Modern times (Columbia), que bien podría erigirse como una clase magistral sobre los géneros clásicos del rock. Contry, blues, jazz, rockabilly… los acaricia con su inconfundible tacto, en todos encuentra la magia precisa y, cuando te tiene a sus pies, logra que canciones como “When the deal goes down”, “Nettie Moore” o “Workingman´s blues #2” te pongan el nudo en la garganta. Se editó después de un verano que, para muchos, no tuvo más color sonoro que el de ese marrón oxidado sobre negro de The drift (4AD) de Scott Walter, probablemente el mejor disco del año y toda una experiencia auricular para los oídos más inquietos. Obra oscurísima de un visionario barítono que se sitúa en ese lugar donde el compromiso de un artista con su obra se vuelve tan vital, que es capaz de empapar la piel misma del oyente.
Queda, por último, hacer mención al recién editado triple-cd de Tom Waits, el excelente Orphans (Anti) en el que recopila material disperso que había quedado inédito (26 cortes) junto a una esperada nueva remesa (30 temas) tras el genial The real gone. Y el altísimo nivel se mantiene en un disco, heterogéneo en su génesis, pero tremendamente consistente en su acabado final con ese ambivalencia entre el carrasposo rock de lija tan suyo (de cubista, se le adjetiva por muchos) y las profundas baladas que humean calidad a borbotones.
Tanta calidad junta de golpe bien pudiera producir en el oyente algo parecido entre la pérdida de fe en las nuevas generaciones y el Síndrome de Stendhall. Para lo primero hay remedio si se rebusca (el sublime The greatest de Cat Power, por ejemplo, les puede mirar perfectamente cara a cara). Para lo segundo… ¿dónde está el problema?. Bendito síndrome, que diría el melómano, sobre todo cuando le anuncian, insitentemente, el fin de un rock que está teniendo la más dulce de las muertes posibles.
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