De siempre se ha mirado con ojos de adulación a ese talismán político llamado Estado de Bienestar. El arquetipo a seguir por todas las socialdemocracias radicaba en Suecia, un país cuasi-utópico en el que su población se veía como una civilización varios grados por encima de la media, asentándose durante décadas sobre un sistema socialista modélico. Lejano a la revolución marxista y gravitando en las necesidades de la clase media, su modelo político otorgó, salvo breves intervalos en la crisis del petróleo y en los primeros 90 respectivamente, una balsa de aceite internacionalmente envidiada. Una fortísima presión fiscal, ofrecía correlativa una amplísima cobertura social que permitía vivir desasosegado, sin esa incertidumbre de futuro que en todas las partes del mundo se padece pensando en cosas como la vejez, el tener hijos o el gozar de una vivienda.

Los responsables de llevar a cabo ese esquema, el Partido Social Demócrata (SAP) conquistó al poder en 1932 y ha gobernado Suecia durante 65 de los últimos 74 años. En octubre de 2006, y tras 12 años ininterrumpidos, volvían a perder el gobierno a favor de la Alianza por Suecia (Allians för Sverige). Se trata ésta de una coalición de centro-derecha encabezada por el Partido Moderado del economista Fredrik Reinfeldt quien, tras una turbia campaña electoral, se alzó con la presidencia de un país al que, aunque solo sea por estética, cuesta verlo representado por uno de los paladines del liberalismo en Europa. De hecho, no solo las deficiencias del programa defendido por el SAP en la Suecia de 2006, han sido el resorte que ha empujado a la ciudadanía sueca a girar el rumbo político de su país, sino que una sensible rebaja del tono liberal de Reinfeldt, ha logrado una fotografía, tan llena de interrogantes como la actual.

Como en tiempos de sobreinformación la memoria es voluble, conviene recordar. En 2002 la derecha sueca obtuvo un durísimo varapalo electoral y casi todos los analistas políticos coincidieron en que el haberse mostrado abiertamente liberal, sin trampa ni cartón (una drástica reducción de impuestos que lleva aparejada un debilitamiento de los servicios públicos), fue el verdadero motivo del fracaso. Y es que puede que el Estado de Bienestar en 2006 cuente con demasiadas rentas del pasado, hipotecas del futuro y rémoras del presente, pero lo que no quedan dudas es que, tras más de siete décadas, forma parte ya de la cultura social de un país que se niega a tirar por la borda su modo de vivir, por mucho que los flujos migratorios (una de las causas que se apuntan continuamente) hayan fracturado su tan destacada homogeneidad y sentido de país. Por ello hay quien ve en Reinfeldt y sus astutas proclamas de centro-derecha a un lobo con piel de cordero que, bajo la apariencia de “adaptación del pasado a los retos del futuro”, marcará un punto de no retorno en el, para muchos desgastado, modelo sueco si es que le dejan abrir las fauces capitalistas. Paradójicamente, todo ello se produce justo en un momento en que algunas de las derechas más sólidas de la Europa de la última década, como España e Italia, habían cedido su lugar a gobiernos de izquierdas.

Sin embargo, el mundo global obliga a pensar en panorámico, y sobre estos giros (hoy Suecia, ayer Italia, mañana Francia) late una preocupación europea más profunda que trasciende las fronteras. Miramos a la izquierda del mapamundi y tenemos al gigante americano enloquecido, pero tan o más ambicioso y depredador que de costumbre. A la derecha el monstruo asiático, creciendo ante el silencio pasivo de occidente y mostrando una forma de capitalismo más salvaje todavía, donde los derechos humanos cambian de posición en la cuenta de pérdidas y ganancia como una cifra más. Debajo África pide su derecho a respirar, saltando cualquier alambrada que se le ponga delante. La pregunta es: ¿no estaremos girando en círculos sobre unos modelos políticos -los europeos- caducos e inservibles en un mundo como al actual? Lo que nos lleva a ¿no será que tras la tan cacareada tercera vía sueca, Europa demanda ya un cuarto camino con el que soportar la presión?