Aún colea entre generaciones la discusión sobre si el trono histórico pertenece a Pelé o Maradona, pero de lo que no cabe ninguna duda es que en el tan recurrente quinteto de los mejores futbolistas de la historia, ambos poseen plaza segura junto a Johan Cruyff y Alfredo Di Stefano. Queda una vacante, el eterno quinto jugador que ha encaramarse en el meñique de esa honorífica manita y mirar, frente a frente y de igual a igual, a los mayores astros del fútbol.

Lesionado el genial Marco Van Basten en su día, truncando una trayectoria que prometía ser espectacular, y convertido el sideral Ronaldo en un futbolista terreno tras su periplo italiano, el francés Zinedine Zidane se ha ganado, con todo merecimiento, el honor de formar parte de ese elenco de magos del balón. Ahí está toda su trayectoria tanto en la Juventus y el Real Madrid como en la selección de Francia que, de su mano, alcanzó sus mayores cotas de gloria. Pero más allá de su innegable capacidad de mando en un palmarés envidiable, donde realmente Zidane llegó a fascinar fue en el campo de los suspiros y de los escalofríos, en esa arrebatadora marea de emociones que surgía al verle jugar.

Una vez anunciada su retirada del fútbol profesional en abril, la última ocasión de demostrar su envergadura balompédica aconteció en el Mundial de Alemania de 2006. Allí comandó una longeva selección francesa cuestionadísima, que no contaba para casi nadie y que iba a acoger -así se preveía- la gris despedida de Zinedine. Tras una discreta primera fase, Francia eliminó a España con más oficio que brillantez en octavos de final, cruzándose en cuartos con la todopoderosa Brasil, indiscutible favorita del campeonato y el trampolín con el que Ronaldinho iba a reclamar para sí ese quinto lugar. Nadie apostaba por los galos, pero se hizo la magia y Zizou entró en uno de esos estados de explosión creativa en los que un campo de fútbol se transforma en un lienzo para que el talento deslice su pincel y otorgue algo definitivamente sublime. Ganó Francia 0 a 1. Parecía increíble que estuviéramos asistiendo al ocaso del jugador, mostrándose en total estado de gracia, aunando en un mismo movimiento la plástica delicadeza de una bailarina, la precisión de un delineante y la efectiva contundencia de un ingeniero. Todo para convertir su fútbol una auténtica obra de arte.

Luego llegó la semifinal con Portugal, a la que vencieron 0 a 1, y la épica final perdida contra Italia, en la que diez minutos antes de su sonada expulsión realizó un remate de cabeza ante la puerta de Buffon que, de entrar, daría lugar a la más deliciosa historia romántica del fútbol moderno, tan geométricamente perfecta como el juego de su protagonista. Sin embargo, tras esa elegancia y ese rostro equilibrado, siempre se escondió un pasado que se revelaba intermitentemente en el campo, el de un hijo de emigrantes argelinos que creció en un humilde barrio de Marsella. El lugar donde se avanza a golpes, de sudor, de lágrimas y de hacerse respetar, unas veces por las buenas y otras por las malas. El lugar donde muchos de los parásitos morales que tanto lo criticaron, ni siquiera saben que existe al otro lado de sus casas porque no lo quieren ver. Seguramente los improperios de Materazzi le trasladaron a aquella adolescencia donde las cosas, a veces, no tenían más solución que la del puño.

O la de la cabeza, cuando ésta no piensa.