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La Coctelera
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(Anuario 2006, 7º parte) Referendos de metafísica jurídica

Curémonos en salud haciendo el juego de pregunta-respuesta: ¿qué es un estatuto de autonomía? A grandes rasgos podemos definir éste como la norma básica de una comunidad autónoma, que se ha de aprobar en Cortes por ley orgánica y que, necesariamente, ha de recoger unos mínimos como el nombre de la comunidad, la delimitación territorial, el nombre y sede de sus órganos autonómicos, las competencias asumidas y, en aquellos casos en que existan, las lenguas.

La Constitución de 1978 proclamó el estado de las autonomías como modelo estructural de España, otorgando a cada una de las diferentes parcelas territoriales su correspondiente estatuto. 17 fichas encajadas en el puzzle del reparto de competencias de la Carta Magna que no han evitado, sin embargo, que durante estos años que algunas de las comunidades -especialmente Cataluña y País Vasco con el acceso de sus partidos nacionalistas al gobierno- exigieran un aumento de las competencias en campos como el fiscal, educacional, sanitario, etc…

Sin embrago, el actual aluvión de reformas estatutarias semeja un controvertido paso más allá en la nueva reestructuración del estado, que tiene en el horizonte la idea del federalismo. Lo que muchos denominan el km 0 de la nueva España o nuevo Estado Español (dígase con tono apocalíptico, dígase en tono progresista según la opción) lo ha puesto el Estatuto de Cataluña, uno de los grandes epicentros políticos de 2006 que fue aprobado en referéndum el 18 de junio. Un referéndum que, a parte del “no” de los dos polos de la discusión (Partido Popular y, sorprendentemente, Esquerra Republicana), tuvo una escasísima participación ciudadana que no ha hecho sino poner de manifiesto el creciente clima de indiferencia entre la ciudadanía y la clase política.

Del mismo modo que ocurrió en su día con la Constitución Europa, en este caso la impresión reinante es que al ciudadano de a pie no le interesa el tema. No le intersa porque le da igual o porque no lo conoce, bien sea esto último debido a su desinterés o porque no le han explicado lo que le deberían cuando deberían. Nos referimos a la introducción dentro la enseñanza obligatoria, de unos conocimientos básicos sobre las instituciones y las leyes básicas que permitan moverse al ciudadano, libremente y con conocimiento de causa, sin depender del dictado de ningún partido. Ahora, mareados entre realidades nacionales, nación de naciones y demás entes cuasi-metafísicos para el no iniciado (¡premio al folklore jurídico para la “Nazón de Breogán” que se nos propone aquí en Galicia!), tenemos a una serie de estatutos aprobados o preparándose que la mayoría de la gente no sabe ni qué son ni para qué sirven.

Por cierto, el estatuto estrella, el catalán, está aún pendiente de un recurso ante el Tribunal Constitucional que, dictamine lo que dictamine, volverá a sembrar las dudas y el desconcierto sobre en qué clase de país vivimos, en cuál vamos a vivir y en qué afectarán todos esos cambios a nuestra vida. Mucho nos tememos que ninguna de las tres preguntas se pueden responder de modo nítido a día de hoy.

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(Anuario 2006 6ª parte) La dorada tercera edad del rock

Cuando los más apocalípticos sentencian que al rock ya nada le queda por decir y que, como le ocurrió el jazz, terminará siendo una pieza de museo carente de su espíritu original, resulta que uno de los más impactantes fenómenos (y objetivamente novedosos), llega de mano de los dinosaurios del género. Sí, solo hace falta echar un vistazo a las listas de las revistas fiables, para darse cuenta de que algunas de las obras más memorables del último lustro las han firmado autores como Johnny Cash, Emmylou Harris, Marianne Faithfull, Robert Wyatt, Neil Young o Tom Waits quienes, lejos de haber secado su talento, semejan haberlo reverdecido con la experiencia.

2006, una vez más, ha sido un campo perfecto para esa "tercera edad del rock". Y es que, dejando al margen las decepcionantes entregas de estandartes como The Strokes o Primal Scream , podemos hacer un clarificador juego: pongamos los debuts de los británicos The Long Blondes, The Arctic Monkeys o los yankis Clap Your Hands And Say Yeah! (tres de los más celebrados por la prensa especializada) a un lado y, al otro, los trabajos editados este año por Bob Dylan, Scott Walker y Tom Waits. Por mucho empuje que estos jovenzuelos tengan, la pregunta deviene obligatoria:¿están a este nivel? Pues, sin desmerecer tres discos tan estupendos como los mencionados, mucho nos tememos que no, que frente a obras maestras como las entregadas por los abuelos del rock poco o nada tienen que hacer. Un mensaje contracorriente en estos tiempos de sacralización juvenil, pero poderosamente sólido nada más empezar a rodar.

Dylan confirmó que le queda cuerda para rato con un soberbio Modern times (Columbia), que bien podría erigirse como una clase magistral sobre los géneros clásicos del rock. Contry, blues, jazz, rockabilly… los acaricia con su inconfundible tacto, en todos encuentra la magia precisa y, cuando te tiene a sus pies, logra que canciones como “When the deal goes down”, “Nettie Moore” o “Workingman´s blues #2” te pongan el nudo en la garganta. Se editó después de un verano que, para muchos, no tuvo más color sonoro que el de ese marrón oxidado sobre negro de The drift (4AD) de Scott Walter, probablemente el mejor disco del año y toda una experiencia auricular para los oídos más inquietos. Obra oscurísima de un visionario barítono que se sitúa en ese lugar donde el compromiso de un artista con su obra se vuelve tan vital, que es capaz de empapar la piel misma del oyente.

Queda, por último, hacer mención al recién editado triple-cd de Tom Waits, el excelente Orphans (Anti) en el que recopila material disperso que había quedado inédito (26 cortes) junto a una esperada nueva remesa (30 temas) tras el genial The real gone. Y el altísimo nivel se mantiene en un disco, heterogéneo en su génesis, pero tremendamente consistente en su acabado final con ese ambivalencia entre el carrasposo rock de lija tan suyo (de cubista, se le adjetiva por muchos) y las profundas baladas que humean calidad a borbotones.

Tanta calidad junta de golpe bien pudiera producir en el oyente algo parecido entre la pérdida de fe en las nuevas generaciones y el Síndrome de Stendhall. Para lo primero hay remedio si se rebusca (el sublime The greatest de Cat Power, por ejemplo, les puede mirar perfectamente cara a cara). Para lo segundo… ¿dónde está el problema?. Bendito síndrome, que diría el melómano, sobre todo cuando le anuncian, insitentemente, el fin de un rock que está teniendo la más dulce de las muertes posibles.

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(Anuario 2006 5ª parte) La ilustración digital

Aunque en principio pudiera parecer una empresa destinada al descrédito y al fracaso más absoluto, hoy por hoy la Wikipedia se ha convertido, durante sus cinco años de existencia, en una eficaz herramienta de consulta y difusión del saber global. Concebida como una súper enciclopedia virtual en varios idiomas, aparte de su acceso gratuito, cuenta como principal característica su elaboración comunitaria y voluntaria, basada en la tecnología wiki (la que permite que un sitio web pueda ser editado por varios usuarios simultáneamente) y que, en febrero de este 2006, ha rebasado la simbólica barrera del millón de usuarios registrados (ocho meses después ya superan los cinco millones) y los dos millones de artículos editados. Es decir que, pese a las reticencias, la Wikipedia se ha asentado como correa de transmisión de conocimiento en este 2006.

La revista científica Nature ha encargado este año un estudio a un comité de expertos comparando la Wikipedia y la Enciclopedia Británica. Con un muestreo de 42 artículos, el resultado es que la fiabilidad de la primera roza la segunda, hallándose un promedio de 4 errores por artículo en la Wikipedia, mientras que la Enciclopedia Británica contaba con 3. Es decir, la diferencia entre ambas es sorprendentemente mínima dado el carácter altruista y amateur de una, frente al profesional y especializado de la clásica publicación inglesa. Junto a ello, el espectro de la Wikipedia se revela inmenso, en una apuesta posmoderna por la hibridación de lo popular y la “alta cultura”, pudiéndose encontrar en ella, saberes tan alejados del concepto tradicional de enciclopedia como, por ejemplo, la biografía del futbolista Djalminha o las andanzas del grupo de pop The Arctic Monkeys.

En su contra, hay quienes ponen en duda no sólo su inevitable inexactitud, sino que al abrirse al acceso comunitario fomenta la difamación de modo intencionado, lo que en la comunidad de usuarios se denominan vandalismos. Así, por citar uno de los bulos más conocidos, en la versión inglesa existió una entrada sobre el periodista norteamericano John Seigenthaler en el que se le mencionaba como “patrocinador directo de los asesinatos de John Kennedy y su hermano Bobby (…), aunque nunca se demostró nada”. Tal es el caso que el pasado mes de diciembre se anunció, por parte de un colectivo de Nueva York, una demanda colectiva por todos aquellos afectados por las falsas informaciones de la Wikipedia.

De fondo, el debate deviene más simple. Como citaba uno de de los colaboradores de la Wikipedia en castellano, dentro una entrevista en Ladinamo, “es una apuesta seria por la cultura libre. Todo su contenido es copyleft y hasta el software que ejecuta es libre. La oposición a la privatización del conocimiento está en la esencia de Wikipedia”. Ahí reside su verdadero quid, el de un arma más de esa revolución sin rostro que se gesta en las pantallas de un ordenador y en la que la cultura corretea, anónima y libre, por los recovecos del ciberespacio. Frente a ellos, una generación y una industria se aferra a su puesto, en un eterno “noismo” que desecha estos tiempos en los que internet y su variada gama de ramas instrumentales (los blogs, las redes de p2p, el software libre…) están poniendo patas arriba la distribución tradicional del conocimiento. Un modo éste de enfocar la cultura que se agarrota ante los nuevos aires de una libertad, que el futuro dirá si ha logrado su objetivo: universalizar y democratizar el saber sin caer en lo banal. Por ahora, su empuje es imparable

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(Anuario 2006 4ª parte) El estado de bienestar sueco en el vaivén europeo

De siempre se ha mirado con ojos de adulación a ese talismán político llamado Estado de Bienestar. El arquetipo a seguir por todas las socialdemocracias radicaba en Suecia, un país cuasi-utópico en el que su población se veía como una civilización varios grados por encima de la media, asentándose durante décadas sobre un sistema socialista modélico. Lejano a la revolución marxista y gravitando en las necesidades de la clase media, su modelo político otorgó, salvo breves intervalos en la crisis del petróleo y en los primeros 90 respectivamente, una balsa de aceite internacionalmente envidiada. Una fortísima presión fiscal, ofrecía correlativa una amplísima cobertura social que permitía vivir desasosegado, sin esa incertidumbre de futuro que en todas las partes del mundo se padece pensando en cosas como la vejez, el tener hijos o el gozar de una vivienda.

Los responsables de llevar a cabo ese esquema, el Partido Social Demócrata (SAP) conquistó al poder en 1932 y ha gobernado Suecia durante 65 de los últimos 74 años. En octubre de 2006, y tras 12 años ininterrumpidos, volvían a perder el gobierno a favor de la Alianza por Suecia (Allians för Sverige). Se trata ésta de una coalición de centro-derecha encabezada por el Partido Moderado del economista Fredrik Reinfeldt quien, tras una turbia campaña electoral, se alzó con la presidencia de un país al que, aunque solo sea por estética, cuesta verlo representado por uno de los paladines del liberalismo en Europa. De hecho, no solo las deficiencias del programa defendido por el SAP en la Suecia de 2006, han sido el resorte que ha empujado a la ciudadanía sueca a girar el rumbo político de su país, sino que una sensible rebaja del tono liberal de Reinfeldt, ha logrado una fotografía, tan llena de interrogantes como la actual.

Como en tiempos de sobreinformación la memoria es voluble, conviene recordar. En 2002 la derecha sueca obtuvo un durísimo varapalo electoral y casi todos los analistas políticos coincidieron en que el haberse mostrado abiertamente liberal, sin trampa ni cartón (una drástica reducción de impuestos que lleva aparejada un debilitamiento de los servicios públicos), fue el verdadero motivo del fracaso. Y es que puede que el Estado de Bienestar en 2006 cuente con demasiadas rentas del pasado, hipotecas del futuro y rémoras del presente, pero lo que no quedan dudas es que, tras más de siete décadas, forma parte ya de la cultura social de un país que se niega a tirar por la borda su modo de vivir, por mucho que los flujos migratorios (una de las causas que se apuntan continuamente) hayan fracturado su tan destacada homogeneidad y sentido de país. Por ello hay quien ve en Reinfeldt y sus astutas proclamas de centro-derecha a un lobo con piel de cordero que, bajo la apariencia de “adaptación del pasado a los retos del futuro”, marcará un punto de no retorno en el, para muchos desgastado, modelo sueco si es que le dejan abrir las fauces capitalistas. Paradójicamente, todo ello se produce justo en un momento en que algunas de las derechas más sólidas de la Europa de la última década, como España e Italia, habían cedido su lugar a gobiernos de izquierdas.

Sin embargo, el mundo global obliga a pensar en panorámico, y sobre estos giros (hoy Suecia, ayer Italia, mañana Francia) late una preocupación europea más profunda que trasciende las fronteras. Miramos a la izquierda del mapamundi y tenemos al gigante americano enloquecido, pero tan o más ambicioso y depredador que de costumbre. A la derecha el monstruo asiático, creciendo ante el silencio pasivo de occidente y mostrando una forma de capitalismo más salvaje todavía, donde los derechos humanos cambian de posición en la cuenta de pérdidas y ganancia como una cifra más. Debajo África pide su derecho a respirar, saltando cualquier alambrada que se le ponga delante. La pregunta es: ¿no estaremos girando en círculos sobre unos modelos políticos -los europeos- caducos e inservibles en un mundo como al actual? Lo que nos lleva a ¿no será que tras la tan cacareada tercera vía sueca, Europa demanda ya un cuarto camino con el que soportar la presión?

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(Anuario 2006 3ª parte) Diálogos cacofónicos

En ocasiones los tiempos los manda el contrincante y, en este caso, se podría decir que ocurrió así. Corrían los primeros días de marzo de 2006 y en una entrevista en el programa “Pros y contras” de la televisión pública portuguesa, el ex presidente José María Aznar negó tajantemente que su gobierno negociara en su día con ETA. Más allá de lo estrictamente verdaderas de sus declaraciones, el mensaje era nítido: ante la tentación de establecer un paralelismo entre la situación de 2006 y la de la tregua de 1998, Aznar enviaba un balón de oxígeno a los opositores al diálogo con los terroristas, tomando posición y dejando claro que su partido jamás apoyaría al gobierno de Zapatero en un proceso de negociación al que ya se le empezaba a sentir el aliento. El hecho de que José Maria Aznar (en cuyo gobierno se celebraron reuniones con la banda, acercamientos de presos e incluso los llegó a calificar como “Movimiento Vasco de Liberalización”) puntualizara sobre su pasado así, no hacía más que confirmar que las especulaciones se iban a tornar reales.

Fue el 23 de marzo el día en que la televisión pública vasca se hace eco del esperado comunicado de ETA. Tres encapuchados hablando en nombre de la organización terrorista anunciaban un “alto al fuego permanente”, una terminología inédita en el conflicto vasco, la misma que empleó el IRA cuando dio su primer paso para la solución del conflicto de Irlanda del Norte. Gozando Zapatero del aval parlamentario previo de apuesta por el diálogo en caso de que ETA abandonase las armas (todos los grupos, excepto el PP, apoyaron la propuesta del gobierno), el camino del ejecutivo iría, en principio, en esa inequívoca dirección. Las pisadas se dieron con un moderado optimismo que nublaba la verdadera dificultad del endémico problema: la cantidad de trabas existentes para llegar a algo, tan titubeante desde el punto de vista moral, como el hablar de tú a tú con quien no ha querido saber nada de papeletas, urnas y mayorías democráticas y sí de extorsiones, violentas imposiciones y constantes asesinatos.

Los escollos se sucedieron durante los meses siguientes. Encuentros con Batasuna que se habían prometido no realizar, las cuentas de Arnaldo Otegi pendientes de resolverse por la justicia, la aparición de cartas de extorsión, los constantes actos de kale borroka o el conflictivo proceso contra el etarra Iñaki de Juana Chaos, fueron alguna de los argumentos esgrimidos tanto por el PP, como muchas de las asociaciones de víctimas del terrorismo (e incluso algún miembro del PSOE como Rosa Díez), para oponerse ferozmente en contra del proceso. Pero la primera ruptura verdadera llego en octubre cuando se confirmaba que ETA había robado 350 armas en Francia. Dicho de un modo más claro: la banda que meses antes anunciaba un alto al fuego indefinido se estaba rearmando.

A partir de ese entonces, las posiciones se recrudecieron y la fe inicial de los que alentaban el diálogo se diluyó en un mar de dudas, cuando no en la certeza de que otra vez se nos escapaba la paz de las manos. Como si de una broma macabra del destino, la mañana del 30 de diciembre, la prensa recogía las declaraciones de Zapatero sobre el fin de ETA afirmando que "se está mejor cuando hay un alto el fuego permanente que cuando había bombas, es de sentido común". A las 9:00 del mismo día una potente explosión en la Terminal 4 del Aeropuerto de Barajas (Madrid) dejaba 19 heridos, mientras dos ciudadanos ecuatorianos permanecían desaparecidos. El mismo Zapatero a las 17.00 ordenaba “suspender” todas las iniciativas encaminadas a tender esos puentes de diálogo con ETA. Mucho nos tememos que, u ocurre algo tan excepcional e improbable como una condena por parte de Batasuna, o el fin de esta nueva esperanza se ha desvanecido en el aire, como una bocanada de humo. El mismo humo sordo de esas bombas que tiñen trágico el paisaje de nuestra historia política reciente y, lamentablemente, parece que también de la futura.

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(Anuario 2006 2º parte) El adiós de un maestro

Aún colea entre generaciones la discusión sobre si el trono histórico pertenece a Pelé o Maradona, pero de lo que no cabe ninguna duda es que en el tan recurrente quinteto de los mejores futbolistas de la historia, ambos poseen plaza segura junto a Johan Cruyff y Alfredo Di Stefano. Queda una vacante, el eterno quinto jugador que ha encaramarse en el meñique de esa honorífica manita y mirar, frente a frente y de igual a igual, a los mayores astros del fútbol.

Lesionado el genial Marco Van Basten en su día, truncando una trayectoria que prometía ser espectacular, y convertido el sideral Ronaldo en un futbolista terreno tras su periplo italiano, el francés Zinedine Zidane se ha ganado, con todo merecimiento, el honor de formar parte de ese elenco de magos del balón. Ahí está toda su trayectoria tanto en la Juventus y el Real Madrid como en la selección de Francia que, de su mano, alcanzó sus mayores cotas de gloria. Pero más allá de su innegable capacidad de mando en un palmarés envidiable, donde realmente Zidane llegó a fascinar fue en el campo de los suspiros y de los escalofríos, en esa arrebatadora marea de emociones que surgía al verle jugar.

Una vez anunciada su retirada del fútbol profesional en abril, la última ocasión de demostrar su envergadura balompédica aconteció en el Mundial de Alemania de 2006. Allí comandó una longeva selección francesa cuestionadísima, que no contaba para casi nadie y que iba a acoger -así se preveía- la gris despedida de Zinedine. Tras una discreta primera fase, Francia eliminó a España con más oficio que brillantez en octavos de final, cruzándose en cuartos con la todopoderosa Brasil, indiscutible favorita del campeonato y el trampolín con el que Ronaldinho iba a reclamar para sí ese quinto lugar. Nadie apostaba por los galos, pero se hizo la magia y Zizou entró en uno de esos estados de explosión creativa en los que un campo de fútbol se transforma en un lienzo para que el talento deslice su pincel y otorgue algo definitivamente sublime. Ganó Francia 0 a 1. Parecía increíble que estuviéramos asistiendo al ocaso del jugador, mostrándose en total estado de gracia, aunando en un mismo movimiento la plástica delicadeza de una bailarina, la precisión de un delineante y la efectiva contundencia de un ingeniero. Todo para convertir su fútbol una auténtica obra de arte.

Luego llegó la semifinal con Portugal, a la que vencieron 0 a 1, y la épica final perdida contra Italia, en la que diez minutos antes de su sonada expulsión realizó un remate de cabeza ante la puerta de Buffon que, de entrar, daría lugar a la más deliciosa historia romántica del fútbol moderno, tan geométricamente perfecta como el juego de su protagonista. Sin embargo, tras esa elegancia y ese rostro equilibrado, siempre se escondió un pasado que se revelaba intermitentemente en el campo, el de un hijo de emigrantes argelinos que creció en un humilde barrio de Marsella. El lugar donde se avanza a golpes, de sudor, de lágrimas y de hacerse respetar, unas veces por las buenas y otras por las malas. El lugar donde muchos de los parásitos morales que tanto lo criticaron, ni siquiera saben que existe al otro lado de sus casas porque no lo quieren ver. Seguramente los improperios de Materazzi le trasladaron a aquella adolescencia donde las cosas, a veces, no tenían más solución que la del puño.

O la de la cabeza, cuando ésta no piensa.

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(Anuario 2006 1ª parte) Cara y cruz de una ¿misma? moneda

No hay más que dejar caer un nombre como Augusto Pinochet o Fidel Castro para darse cuenta de la terrible paradoja. Al parecer existen dos clases de dictadores: los dictadores "de verdad", es decir los totalitaristas, asesinos y torturadores, y por otro lado los dictadores de “sí, pero bueno…”. Estos últimos reúnen la misma tipología que los anteriores pero, desde ciertos sectores supuestamente progresistas, se ejerce sobre ellos una sutil condescendencia que difumina en el subconsciente colectivo la verdad real. Ésta no es otra que la de un militar que ha colocado su fusil represor sobre la sien de un pueblo, que ha de bailar la danza por él propuesta o, por el contrario, optar por el exilio o la cárcel.

Augusto Pinochet Molina, uno de los más tristemente célebres del grupo “dictadores de verdad”, falleció el 11 de diciembre de este 2006 a los 91 años de edad. Y lo hizo del mismo modo que vivió: pasando un afilado cuchillo de odio a través de la piel de Chile, el país al que gobernó y llenó de cicatrices durante 18 siniestros años(1) cuyos efectos aún colean en su polarizada sociedad. Los días previos a su muerte, seguidores del ex dictador se congregaron en el Hospital Militar de Santiago y, en cuanto se confirmó la noticia, las lágrimas y la pena de los pinochetistas, pasaron a convivir con la euforia y las botellas de champang de quienes celebraron jubilosos su muerte, si bien con la impotente amargura de saber que se fue sin pagar por sus crímenes. Puede que no sea ético alegrarse de la muerte de un asesino, pero desde luego sería inhumano no entender la rabia contenida latente en cada uno de esos sorbos de champang.

Fidel Castro Ruz, por su lado, encarna a ese concepto imposible de “dictador bueno” y en 2006 confirmó todos los síntomas de su débil estado de salud. Tras unos meses de secretismo, opacidad y múltiples especulaciones, a finales de año el médico español José Luis García, que lo atendió personalmente en La Habana, señaló que no padecía cáncer y que se encontraba en proceso de recuperación. Pese a todo, la comunidad internacional da por hecho que el cambio de gobierno de facto se va confirmar de derecho, continuando de la mano de su hermano Raúl Castro por la misma vía. Vía que, por mucho que se intente esquivar, no es otra que una situación terminal azuzada con el bloqueo económico de EE.UU. y que sólo se sustenta desde la extirpación de la libertad de quien no puede más que seguir el credo del partido único, el férreo control de la prensa, los presos de conciencia y lo que se esconde (2). Echen un vistazo al informe sobre Cuba de 2006 Amnistía Internacional, una organización poco sospechosa de ser pro-Bush o pro-PP donde las haya. También, lógicamente, se puede mirar a otro lado continuando con el dogma.

Es frustrante digerir que un tétrico personaje como Pinochet haya desaparecido sin saldar cuentas con la democracia o el comprobar como la actual presidenta chilena, Michelle Bachelet (recordemos: presa política durante la dictadura), se tuvo que mantener distante del suceso, previendo males mayores al darle remedio a una enfermedad que se resiste a curar. Sí, es frustrante. Tanto como que nadie, o casi nadie, desde las mismas posiciones democráticas que se ufanaban en justamente condenar a Pinochet, haya cobardemente dicho nada, absolutamente nada sobre Fidel Castro durante éste y todos los años pasados. Bueno, alguna vez sí, hay que reconocer que de esos labios bienpensanetes sale algo parecido a “sí, pero bueno…”.


(1) Según las fuentes oficiales en Chile, de 1973 a 1990, murieron o desaparecieron 3200 opositores, más de 30000 fueron torturados y 300.000 padecieron exilio.

(2) La última vez que el gobierno de Castro autorizó la entrada al país de Amnistía Internacional fue en 1988

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anuario 2006

Al estar en plena semana de exámenes de diciembre de mi licenciatura, me veo obligado a retrasar el ejercicio, para después del día 22 de diciembre.